Todo comenzó una fría tarde de agosto…
Los árboles pocas hojas tenían. Salvo los perenne, que las mantienen todo el año.
Entonces, caminando por ahí, perdido en un lugar conocido, hablé con @@@@. Se enfadó. Me golpeó. Me miró y me pidió disculpas. Me tendió una mano, se arrepintió y me golpeó de nuevo. Pasó tres veces más.
Luego se fue y me dijo: “No, no es martes. Eso pasó hace tres días”. Y ahí fue cuando supe que hoy es viernes y estoy aburrido.